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martes, 10 de febrero de 2015

Dictado sobre las reglas generales de acentuación

No sabía exactamente lo que pasó, pero no vio al muchacho cruzar ante sus ojos. Ahora no podía quitárselo de la cabeza. Le dijeron que no era culpa suya,
que fue un accidente; le trajeron un psicólogo que le examinara; le administraron una fuerte medicación... Todo dio igual. Las imágenes persistían en su cerebro: nada más entrar al área de servicio un estallido de vidrios tras un golpe seco, silencio unos segundos y de pronto el gentío arremolinándose histérico alrededor del coche, alguien pidiendo un médico, una ambulancia, el susto, las náuseas... Ahora, sentado en ese banco, a la sombra de un árbol minúsculo, en su mínima parcelita de césped, pensaba cómo salir de aquel entuerto. Y allí mismo encontró la solución. Nada más fácil. Ni más difícil. Se acercaría hasta su casa, llamaría al timbre y se presentaría para hablar. Quizá mirándole de nuevo a los ojos esa nueva imagen borrara la anterior. Quizá.

Dictado sobre acentuación de diptongos, hiatos y triptongos

Ya tenéis lo que queríais, ¿qué más podéis pedir? Nos habéis arrebatado todo, no nos queda trigo ni un maldito buey con que trabajar la tierra. Arrasasteis
campos, quemasteis bosques, envenenasteis los ríos. Los niños aúllan de terror al veros, huyen las mujeres al sentiros venir, los ancianos se santiguan. Nuestra
reina fue a hablaros. Pidió paz y solo vio cómo hacíais prisionero a nuestro pueblo. Dio sus tesoros a cambio de nada. Os reís de nuestra desgracia y en vuestros pétreos corazones no cabe más desprecio. Bien, caudillos del Norte, cuidaos. Tendréis el castigo que merecéis. Habrá venganza para cada uno de vosotros pues etéreo es el poder de los hombres. Entregaos al destino al que sois llamados, rendíos hoy y devolved la corona áurea que nunca os perteneció. Yo, el más mísero súbdito del reino, puedo más con un brazo que todos vuestros demoníacos guerreros juntos. Los dioses están con nosotros.

martes, 30 de septiembre de 2014

Dictado sobre las grafías b/v

La joven bibliotecaria buscó el libro en el anaquel correspondiente y vio que sobresalía de entre los demás, como si la estuviera llamando. El volumen era relativamente grueso y en la portada impresionaba el grabado de un hombre dividido en dos mitades y un título evocador: El vizconde demediado y otros cuentos. Acto seguido se lo entregó a Benito con lo que este interpretó como una sonrisa evanescente. ¿Acaso había leído ella aquel vibrante relato? La chica sostuvo su mirada durante un breve instante y con amabilidad y secreto arrobo él le devolvió un saludo cómplice e invisible que ella no pareció querer evitar. «¡Vaya, qué chico tan amigable!», pensaba ella con burlesca sonrisa mientras atendía a otro lector con obvia aplicación, contribuyendo al desconsuelo del pobre Benito, quien buscó la puerta de salida con un burdo movimiento de cabeza.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Textos para el dictado (2)

Cervantes tiene la obsesión del teatro: combate el teatro que gusta en su tiempo. ¿Y qué condiciones pone Cervantes a las obras para que sean buenas? Que sean «artificiosas y bien ordenadas». ¿Cómo haremos para que una obra tenga estas condiciones? ¿Y qué significan, en fin de cuentas, estas condiciones? El cargo grave que Cervantes hace al teatro de su tiempo puede resumirse en estas palabras: dilatación de tiempo, dilatación de espacio. Ejemplos extremos de estas dilataciones: en cuanto al tiempo, un personaje es niño en el primer acto y anciano en el tercero. En cuanto al espacio, un personaje lo vemos en el primer acto en Europa y en el tercero en Asia o en América. Los escrúpulos de Cervantes no son hoy válidos; hoy distinguimos el tiempo astronómico del psicológico. En el teatro rige el tiempo psicológico, Y sabemos, además, que el espacio es el que produce el tiempo. Veinte años de tiempo astronómico pueden ser en el teatro diez, quince o veinte minutos. El teatro es la gran creación española; hemos tenido en Europa, en el siglo XVI, un gran dominio; se ha perdido ese dominio; sustituimos, en el siglo XVII, a ese dominio territorial otro dominio del espíritu. ¿Hemos ganado o hemos perdido? Sólo dos o tres teatros universales existen en Europa: uno de ellos, acaso el más espléndido, es el nuestro. Crean los dramaturgos una realidad nueva; crea Cervantes, concorde con los dramaturgos, otra realidad. Aparte, esquivo, Góngora crea también una realidad inaprensible; un paso más en esa tenue realidad, y entramos en el idealismo absoluto; en el idealismo berkeleyano; el hechizo de Góngora es tanto metafísico como estético.

Azorín

Textos para preparar el dictado (1)

¿Cuál de todas las mujeres quijotescas preferiremos? Si las examinamos con atención, veremos que hay en todas, o casi todas, un rasgo común: la curiosidad. Se puede ser curiosa y ser malévola. En estas mujeres la curiosidad se ejercita sin perversión, ¿Qué perversión puede haber en Leandra, la hermosa, la joven, a quien Cervantes no se cansa de llamar hermosa? ¿Y cuál perversión, podrá ser la de esta muchachita de buena familia, que en la ínsula Barataria se sale de su casa, durante la noche, con disfraz varonil, para «ver lo que pasa», es decir, para ver lo que nunca ha visto? A la curiosidad podemos añadir otro rasgo esencial, rasgo que los domina a todos: todas estas mujeres siguen su instinto; todas son, diríamos, mujeres que se entregan a la Naturaleza, ¿Cómo no ha de entregarse Claudia Jerónima, tan impulsiva, con impulso que la lleva a cometer un crimen? Si todas estas mujeres naturales, instintivas y curiosas hubieran respirado la atmósfera del enciclopedismo, en el siglo XVIII, y la atmósfera del positivismo, el positivismo de Comte y Spencer, en el siglo XIX, podríamos llamarlas cerebrales, con las ventajas y los inconvenientes que esa cualidad lleva aparejadas. Pero existe en el Quijote una mujer que nos demuestra, con plenitud, la condición especial de las mujeres cervantinas: condición que las eleva por encima de las demás mujeres. Marcela es todo un símbolo; siendo humana, real, diríase que reviste caracteres, simbólicos. Nadie concreta mejor que Marcela el ansia de Naturaleza y de libertad. Ha huido de la ciudad y vaga por montes y selvas; esquiva la multitud de amantes que la requieren. En una frase resume Marcela su psicología, su complexión mental: «Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos».
                              
                                                                                                                                              Azorín


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Textos para el dictado del 1r trimestre

Uso de g/j
Kemal se estiró sobre su jergón de paja rumiando una jerigonza de palabras ininteligibles producto aún del sueño. Ingenuamente pensó que se hallaba en su casa del barrio egipcio, con su balconcito de geranios injertados, su jilguero en la jaula de cobre, su café generoso y sus berenjenas. Pronto entendió su error. Estaba en la cárcel. Según el gerente, por infringir la ley, por apropiarse de lo ajeno. Se irguió como pudo hasta el rincón para beber de la jícara, pero esa sopa de agua sucia y moho le produjo arcadas. Un ejército de arañas tejía los jirones de sus telas por los rincones. Afligido, bajó la cabeza y empezó a gemir bajito. Sus
jipidos llegaron a la celda vecina, gemela a la suya, donde un gigante gitano apoyaba la giba en los barrotes y se carcajeaba, ajeno a su pesar...

Uso de b/v
No eran todavía las nueve de la noche y ya la glorieta que albergaba la verbena hervía de bullicio. Como un avispero estridente, las risas vibraban en el aire caliente del verano, más valientes a medida que sobre la luz vespertina avanzaba la noche con su perfume de fruta y hierba segada. En el vértice sur de la plaza, altiva y vigilante, escupiendo desprecio por su víbora boca a los que se atrevían a citarla, Inés, la bella Inés, esperaba a su hombre. Evitaba, por dignidad, movimientos de cuello a Este ni Oeste, pero el fuego de sus ojos y la lividez del rostro mostraban obvia su ira.
Por fin, un bramar de pistones, válvulas y gasolina dio paso al polvo agresivo de un gigante a lomos de una Harley que invadió la pista entre la ovación de unos y las maldiciones de otros. Bien, ahí estaba. Una oleada de violenta envidia invadió el recinto, pendiente ahora de ambos jóvenes que se medían con la mirada.

lunes, 12 de marzo de 2012

Dictado 2ª evaluación

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación. La duda, que es el signo de mi inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter. Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mí la formación de convicciones duraderas, ha matado hasta la pasión y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días, sin dejar otra cosa que briznas de sucesos locos y gesticulaciones sin causa ni finalidad.


Lugares tan banales como la prefectura de policía o el Ministerio de Trabajo son ahora los templos délficos donde se decide nuestro destino. Porteros, valets, empleadas viejas con permanente y mitones, son los pequeños dioses a los que estamos irremediablemente sometidos. Dioses funcionarios y falaces, nos traspapelan para siempre un documento y con él nuestra fortuna o nos cierran el acceso a una oficina que era la única en la cual podíamos redimirnos de alguna falta. Los designios de estos diosecillos burocráticos son tan impenetrables como los de los dioses antiguos y, como estos, distribuyen la dicha y el dolor sin apelación. La empleada de correos que se niega a entregarme una carta certificada porque el remitente ortografió mal una letra de mi apellido es tan terrible como Minerva desarmando a un soldado troyano para dejarlo indefenso en manos de uno griego. Muertos los viejos dioses por la razón, renacieron multiplicados en las divinidades mezquinas de las oficinas públicas. En sus ventanillas enrejadas están como en altares de pacotilla, esperando que les rindamos adoración.

Calvo, obeso, majestuoso, con sus modales llenos de unción, el barredor de la Agencia me da siempre la impresión de un obispo que, a raíz de alguna injusticia, ha sido despojado de sus vestiduras sagradas. Cuando lo veo recorrer en overol los pasillos, con su aire recogido, sonriente y benévolo, imagino lo bien que se le vería celebrando una misa o presidiendo una ceremonia de canonización. Habla solo, saluda obsequiosamente a todo el mundo, es un pacífico demente. Fue un redactor que, atacado de locura erótica, trató hace muchos años de violar a una secretaria en un ascensor. No lo echaron de la oficina, pero cuando salió de la casa de reposo, desmemoriado y aparentemente feliz, lo rebajaron al cargo de barrendero.

Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Podemos a lo más tener el recuerdo de esas sensaciones pero no las sensaciones del recuerdo. Si nos fuera posible revivir el placer que nos procuró una mujer o el dolor que nos causó una enfermedad, nuestra vida se volvería imposible. En el primer caso se convertiría en una repetición, en el segundo en una tortura. Como somos imperfectos nuestra memoria es imperfecta y solo nos restituye aquello que no puede destruirnos.

[Julio Ramón Ribeyro
Prosas apátridas]