"Con casi nada (un arrebato)", por Andrés Trapiello
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martes, 3 de diciembre de 2013
jueves, 21 de noviembre de 2013
Juan Manuel de Prada: "Conciencias tiernas y puras"
En cierta ocasión, un amigo que llevaba mucho tiempo
trabajando en África me dijo que el activismo solidario de las
sociedades occidentales es, con frecuencia, un aspaviento hipócrita; y,
sin excepción, el único desahogo moral que se nos permite en medio de la
«inmoralidad estructural» en la que vivimos. En cierto pasaje de En busca del tiempo perdido,
Marcel Proust desliza esta observación pavorosa, referida a sus
personajes, que bien podría aplicarse a nuestra época: «Desde hacía
tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la
vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para
quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese
hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se
mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo,
ellas se encontraban a gusto». Esta, tal vez, sea la mayor tragedia de
nuestra época: que las conciencias tiernas y puras podamos vivir a gusto
en un ambiente vital monstruosamente pernicioso sin inmutarnos, o
inmutándonos tan solo ante determinados estímulos sensibleros que nos
recuerdan que en el mundo -¡allá en los confines del atlas!- ocurren
muchas calamidades; ocasión que aprovechamos para apadrinar a un niño
por unos eurillos.
Uno de los estímulos que más frecuentemente hiere nuestra conciencia tierna y pura generalmente a la hora de la sobremesa, desgraciándonos la siesta son las imágenes de niños famélicos, merodeados de moscas, con los vientres hinchados por la desnutrición, la cabeza meningítica, envueltos en harapos; imágenes tomadas en algún campamento de refugiados donde acaban de llegar, huyendo de alguna matanza, o en algún poblado paupérrimo donde no llegan las vacunas. De inmediato surge en nosotros un impulso humanitario, una suerte de compasión preventiva que nos incita a paliar de algún modo (siquiera simbólico) ese dolor, a través de una limosna que ingresamos asépticamente en una cuenta bancaria (por lo común, las imágenes que hieren nuestra conciencia tierna y pura se presentan acompañadas del número de la cuenta bancaria en la que debemos ingresar nuestra limosna). Así, respondiendo periódicamente a impulsos sensibleros, vamos tirando; y, dependiendo del grado de ternura y pureza de nuestra conciencia, la periodicidad con la que respondemos a tales impulsos es mayor o menor.
Pero algo, allá en los sótanos de nuestra conciencia, nos dice que nuestra limosna sirve antes para tranquilizar nuestros remordimientos que para remediar la calamidad que fingimos combatir. Y también que la calamidad que fingimos combatir es producto de la inmoralidad estructural en la que vivimos, nos movemos y existimos; y en la que, aunque quisiéramos, no podríamos dejar de vivir, porque nuestro orden social, político y económico, se funda sobre tales cimientos. Cínicamente, tendemos a apaciguar nuestra conciencia tierna y pura pensando que la calamidad que aflige a esos niños famélicos que nos desgracian la siesta es consecuencia de guerras tribales y gobiernos corruptos que se dedican a expoliar a sus súbditos, ante la indiferencia occidental; y si nuestra conciencia tierna y pura no acaba de conformarse con razones tan elementales, añadimos a la lista las multinacionales que rapiñan la riqueza de los países subdesarrollados, los turbios manejos de la plutocracia internacional y los sórdidos intereses geoestratégicos de las potencias occidentales. Pero nuestra conciencia nunca se atreve a reconocer que, detrás de todo esto, está nuestro 'modo de vida', ese eufemismo que suelen emplear los cínicos para designar la burbuja profiláctica, hecha de bulimia consumista y atonía espiritual, en la que vivimos: una burbuja que se nutre vorazmente con las calamidades de esos niños que nos desgracian la siesta, que necesita esas calamidades para seguir alimentando sus fauces y triturando almas.
Nuestro 'modo de vida' está en el origen de esas calamidades; y no solo de las que matan el cuerpo, tan visibles en esos niños famélicos cuyas imágenes nos desgracian la siesta, sino también de las que matan el alma, tan invisibles y, sin embargo, tan constitutivas y medulares en nuestras sociedades de conciencia tierna y pura. Pero como nos han sobornado con un 'modo de vida' que, para mantenerse, exige que otros padezcan calamidad, nos conformamos con nuestra compasión preventiva y simbólica. ¿Dónde hay que ingresar esos eurillos para apadrinar a un niño famélico?
Uno de los estímulos que más frecuentemente hiere nuestra conciencia tierna y pura generalmente a la hora de la sobremesa, desgraciándonos la siesta son las imágenes de niños famélicos, merodeados de moscas, con los vientres hinchados por la desnutrición, la cabeza meningítica, envueltos en harapos; imágenes tomadas en algún campamento de refugiados donde acaban de llegar, huyendo de alguna matanza, o en algún poblado paupérrimo donde no llegan las vacunas. De inmediato surge en nosotros un impulso humanitario, una suerte de compasión preventiva que nos incita a paliar de algún modo (siquiera simbólico) ese dolor, a través de una limosna que ingresamos asépticamente en una cuenta bancaria (por lo común, las imágenes que hieren nuestra conciencia tierna y pura se presentan acompañadas del número de la cuenta bancaria en la que debemos ingresar nuestra limosna). Así, respondiendo periódicamente a impulsos sensibleros, vamos tirando; y, dependiendo del grado de ternura y pureza de nuestra conciencia, la periodicidad con la que respondemos a tales impulsos es mayor o menor.
Pero algo, allá en los sótanos de nuestra conciencia, nos dice que nuestra limosna sirve antes para tranquilizar nuestros remordimientos que para remediar la calamidad que fingimos combatir. Y también que la calamidad que fingimos combatir es producto de la inmoralidad estructural en la que vivimos, nos movemos y existimos; y en la que, aunque quisiéramos, no podríamos dejar de vivir, porque nuestro orden social, político y económico, se funda sobre tales cimientos. Cínicamente, tendemos a apaciguar nuestra conciencia tierna y pura pensando que la calamidad que aflige a esos niños famélicos que nos desgracian la siesta es consecuencia de guerras tribales y gobiernos corruptos que se dedican a expoliar a sus súbditos, ante la indiferencia occidental; y si nuestra conciencia tierna y pura no acaba de conformarse con razones tan elementales, añadimos a la lista las multinacionales que rapiñan la riqueza de los países subdesarrollados, los turbios manejos de la plutocracia internacional y los sórdidos intereses geoestratégicos de las potencias occidentales. Pero nuestra conciencia nunca se atreve a reconocer que, detrás de todo esto, está nuestro 'modo de vida', ese eufemismo que suelen emplear los cínicos para designar la burbuja profiláctica, hecha de bulimia consumista y atonía espiritual, en la que vivimos: una burbuja que se nutre vorazmente con las calamidades de esos niños que nos desgracian la siesta, que necesita esas calamidades para seguir alimentando sus fauces y triturando almas.
Nuestro 'modo de vida' está en el origen de esas calamidades; y no solo de las que matan el cuerpo, tan visibles en esos niños famélicos cuyas imágenes nos desgracian la siesta, sino también de las que matan el alma, tan invisibles y, sin embargo, tan constitutivas y medulares en nuestras sociedades de conciencia tierna y pura. Pero como nos han sobornado con un 'modo de vida' que, para mantenerse, exige que otros padezcan calamidad, nos conformamos con nuestra compasión preventiva y simbólica. ¿Dónde hay que ingresar esos eurillos para apadrinar a un niño famélico?
lunes, 4 de noviembre de 2013
Los amos del mundo / Arturo Pérez Reverte
Usted
no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los
cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las
manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador,
su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son
ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto
siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted
no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una
ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e
hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la
Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como
long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de
acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico
salvaje, como quien comenta el partido del domingo.Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.
Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.
Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
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